6 de marzo de 2017

La rendición

Todos los pasos de Armengol de Balvén se dirigen a la sala del edificio Villanueva donde están las pinturas de San Baudelio junto a las de Maderuelo y a una bellísima tabla, de la que no se habla mucho, que procede de la iglesia de Sant Esteve del pueblo gerundense de Guils de Cerdanya.
No importa que unos las vendieran y otros las compraran legalmente. No importa que el obispo se querellara ni que el gobierno permitiera cobardemente que abandonaran el sagrado recinto donde fueron creadas, las ondulantes colinas donde se escondía la pequeña comunidad monástica que las disfrutó durante siglos y que ahora yazgan dispersas por museos y exposiciones descontextualizadas, que es como decir privadas de su alma.

Hay una sola verdad irrefutable: las pinturas de San Baudelio fueron robadas de su iglesia en un sacrilegio por el que los culpables no tendrán nunca  suficiente castigo en el infierno;  fueron arrancadas de su solar original donde tenían un significado religioso y artístico que perdieron completamente al dispersarse. 


Pasa desolado Armengol de Balvén por delante del cuadro de Las Lanzas o La Rendición de Breda, donde cree ver como el alcalde de Casillas entrega las llaves de la ermita al taimado Leone Levi. La llave de forja debe ser muy parecida a la de la puerta de herradura de San Baudelio. Un guía explica a una manada de niños que este cuadro lo mandó pintar el rey Felipe IV para lucirlo en su salón y enseñarlo solo a sus ilustres invitados. La plebe tardaría todavía algunos siglos en poder contemplarlo. Unos japoneses miran el cuadro extasiados con sus audiolibros pegados a la oreja.

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